La obra representa a un hombre sentado en primer plano, sobre un fondo neutro. La figuración humana siempre ha intrigado a los artistas: mientras que en la antigüedad se buscaba el ideal de la belleza clásica, artistas posteriores comenzaron a experimentar con formas antropomórficas, hasta el siglo XIX, cuando la figura comenzó a desmoronarse y a reducirse a un conjunto de líneas estilizadas que enfatizaban el potencial expresivo del dibujo.
La obra se caracteriza por un estilo lineal y esencial que, precisamente por esta elección, adquiere una notable fuerza visual. La figura está construida con pocas líneas definidas, mientras que en la sección inferior la abstracción de la línea deja espacio a la imaginación: podemos imaginar, por ejemplo, que la figura realiza una labor manual, como tejer mimbre.
Aunque la obra está firmada, actualmente es imposible identificar al artista, quien permanece en el anonimato. Es plausible suponer que estuvo activo entre los siglos XX y XX, y se distinguió por un estilo nítido y vibrante, conciso pero muy expresivo.




